CASI AL FINAL
De niño tenia un sueño recurrente, caminaba por un sendero pedregoso a un lado se alzaba una muralla de roca y arena alargaba mi mano y podía tocar esa mole natural que me transmitía cierta seguridad, era fría, áspera, a cada paso que daba esa muralla se extendía hasta donde mis ojos alcanzaban a ver, del lado opuesto un precipicio, mis ojos intentaban ver hacia abajo y solo observaba un manto oscuro, de pronto de algún lugar una risa burlona aguijoneaba mis oídos, hasta hacerme trastabillar y caer en esa profundidad oscura, movía mis brazos tratando de asirme a algo buscaba en aquella nada absoluta algo a que aferrarme y detener la caída que, suponía seria mortal.
Por que recuerdo esto ahora?
Quizás sea porque en algún punto de mi ser considero que la muerte debe parecerse a esa nada absoluta que de pequeño me aterrorizaba hasta el punto de mas de una vez despertar en medio de un charco en el colchón.
Tengo 70 y pico
Mis pies tocan el piso frio, una sensación que recorre mi cuerpo y me hace cerrar los ojos en un acto reflejo.
Mi esposa me ha comprado varios pares de pantuflas, para evitar que camine descalzo sobre el helado piso en invierno, algunas descansan en cajas en un cuerpo de placar destinado al calzado, las que mas risa me causaron, unas pantuflas color negro de piel sintéticas, con terminaciones en un pastico suave imitando las uñas de oso, en su interior están forradas por un suave polar rojo, que las hacen ser muy abrigadas. Permanecen debajo de la mesa de luz de mi lado de la cama,
Me incorporo lentamente, un poco para no hacer ruido, y que mi ausencia no se note en la cama, otro porque mi cuerpo ya no me permite moverme con la agilidad de mis años juveniles.
Camino en silencio, recorro los escasos tres metros que separan la cama matrimonial de la ventana del dormitorio que da a la calle, al correr la cortina, mi mano siente la rugosidad de la tela rustica en la que esta confeccionada y recuerdo el momento de la elección de la misma. Era una tarde del mes de septiembre el día no lo recuerdo con exactitud, el mes si, porque acababa de editar mi novela y una reunión con mis editores me hicieron viajar a la capital en ese mes. El departamento ubicado en thames casi Santa Fe había sufrido un proceso de remodelación y decidimos con mi esposa elegir juntos las telas que usaríamos para las cortinas de las distintas dependencias, la sala principal tendría unas hermosas cortinas en una tela importada de color salmón, que cuando los rayos del sol le daban se tornaban a un rosa pálido, en la cocina decidimos poner una con motivos florales, sobre la puerta que oficiaba de limite entre la cocina y el lavadero. Las que mis manos sostenían fueron las ultimas en ser elegidas, su elección nos costo unos minutos de mal humor según ella eran muy rusticas para el remodelado departamento, según yo me permitirían cierta privacidad al momento que la musa me visitara.
En el dormitorio se encuentra mi lugar de creatividad como yo lo llamo, un escritorio con un cajón en el cual guardo libretas con anotaciones, nunca pude despegarme de esa costumbre, me resultaba cómodo llevar conmigo una libreta a todas partes, cuando una idea asaltaba mis pensamientos la anotaba y comenzaba a desarrollar una historia, si hubiese escrito tantos libros como libretas inicie hoy podría considerarme un escritor muy prolifero, pero la verdad es que muchas de esas ideas quedaron solo en simples anotaciones que no releí mas de un par de veces, quizás alguien a mi muerte herede como un capital aquellas historias que no continúe y pueda darles un final, libretas de anotaciones, portaminas, lapiceras, era un comprador compulsivo de aquellos artilugios para escribir, podría haberme hecho socio capitalista de cualquier librería comercial con la inversión realizada en aquellos productos. Sobre el escritorio descansa mi notebook en la cual guardo carpetas con mis libros terminados y aquellos en los cuales estoy trabajando, conectada a ella unos auriculares que me abstraen del mundo cuando las ideas comienzan a agolparse en mi cabeza pugnando por salir y tomar forma de historia acabada en la memoria RAM de mi aparato tecnológico. Unos anteojos para leer guardados en un fino estuche, generalmente es ella quien los limpia y los guarda, debo confesar que no soy muy afecto al orden.
Un rayo de luz de la iluminaria de la zona entra y se escurre entre mi cuerpo y la abertura de la cortina, y casi como de un efecto cinematográfico se tratase choca contra el rostro de mi compañera de vida.
Miro la avenida, el trafico a disminuido bastante en las ultimas horas, a veces me parece increíble esta ciudad que me enamoro un día del año 2008 cuando la visite por primera vez.
La visita la realice por temas médicos, recuerdo haber llegado a Retiro cargado de preocupación y nerviosismo, los medios de comunicación se había encargado con sus constantes titulares crear en mi una idea algo distorsionada de lo que era aquella urbe, intente relajarme durante las 16 horas que duro el viaje en micro, a mi lado mi hijo me acompañaba, al llegar intente mostrarme calmo como si fuese normal para mi al visitar aquella ciudad, tome un taxi y le di la dirección a aquel hombre que hoy recuerdo como de unos 50 años, con una incipiente calvicie, muy conversador, quizás con el tiempo me he hecho a la idea que los choferes de taxi son conversadores.
Al llegar al hotel tome todos los recaudos, y en cada salida dejaba algo de dinero escondido por si algún evento desafortunado ocurría durante nuestra paseo turístico por la gran ciudad. Al final de aquel viaje sentía que había conquistado al gran monstruo, sin saber que era yo quien había sido conquistado
Luego volví otras veces pero la sensación era distinta, era volver al lugar donde quería estar.